PRESENTACIÓN
DEL VOCABULARIO DE LA LENGUA AYMARA
de Ludovico Bertonio (1612)
por Zacarías Alavi Mamani,
Investigador del Instituto de Estudios
Bolivianos y docente de Lingüística Aymara
Facultad de Humanidades de la
Universidad Mayor de San Andrés,
La Paz, Bolivia.
Al cabo de
aproximadamente cuatrocientos años, las obras de Ludovico Bertonio constituyen
valiosos documentos históricos, de significación no sólo de carácter religioso
como fueron en su momento, sino antes bien lingüístico y cultural; hoy nos
permiten una mirada al pasado histórico del pensamiento aymara del siglo XVII.
En su conjunto, dichas obras pueden ser de mucha utilidad para asumir la
actualidad del pasado desde la situación sincrónica de cara a la valoración y
revitalización de nuestro patrimonio cultural aymara silenciado por siglos —
“oprimidos pero no vencidos”, según la justa expresión de Silvia Rivera (Rivera,
2003).
LUDOVICO BERTONIO
Juan Ludovico
nació en 1557 en Rocca Contrada (antes Arcevia), provincia Marca de Ancona (hoy
simplemente, Ancona). Vivió en Chucuyto, junto al lago Titicaca, más de 30 años
y, en total, más de 40 años en el Perú; murió en Lima en 1625, a los 68 años de
edad.
En 1574 ingresa
a la Compañía de Jesús y cuatro años después es destinado al Perú (MP III, nota
6; 461), arribando a Lima en 1581 (Albó/Layme, 1984: XXI). Estando ya en Perú,
Bertonio estudia Humanidades en el Colegio de Lima, es profesor de la Clase
Superior de Gramática, “el estudio del arte de hacer versos latinos”. Según
Albó, Bertonio celebró su incorporación definitiva a la Compañía de Jesús en la
Iglesia Mayor de Juli, Perú, en el grado intermedio de “profeso de tres votos”, el 1º de noviembre de 1593 (1984: XXIIs). Se
desempeñó también como Ministro de la Residencia de Juli. Bertonio no sólo
vivió en Juli entre los lupaqas (grupo aymarahablante), sino también estuvo en
otras poblaciones. Tiene relevancia en este contexto su estadía en las minas de
la Villa de Potosí, aunque su permanencia fue por un tiempo bastante breve
(1600 a 1602); se desempeñó como Ministro del Colegio de Potosí siendo “obrero
de indios” y durante su permanencia predicó a millares de indios y escuchó
muchísimas confesiones, lo que le permitió confrontar el aymara lupaqa con
otras variantes de diferentes regiones del Qullasuyu. Después de su estadía en la
Villa Potosí, Bertonio en 1603 nuevamente se encuentra en Juli. Una
caracterización de la personalidad de Bertonio señala: “ingenio, bueno; juicio,
bueno; prudencia, buena; experiencia de cosas, bastante; aprovechamiento, muy
bueno en letras humanas, mediano en los demás; complexión natural, colérico
sanguínea moderado; talento para ministerios, para obrero de españoles e
indios, aventajado” (Albó, 1984: XXIV).
LOS JESUITAS Y LA EVANGELIZACIÓN
La Compañía de Jesús
toma posesión de la residencia de Juli en 1576, a solicitud expresa del Virrey
Toledo. Posteriormente, en 1585, cuando Bertonio tenía 28 años, es destinado a
la doctrina de Juli para la evangelización de los indios lupaqa (MP III: 675; Isla, 1986: 63); su ocupación en Juli, junto a
otros jesuitas, era el adoctrinamiento de los indios, según testimonia una
carta dirigida al padre Fabio de Faviis, provincial de Roma (Isla, 1986: 69).
La labor de evangelización a los indios se inicia en tres parroquias: Santo
Tomás, la mayor, Nuestra Señora y San Juan Bautista, habiéndose sumado luego
San Pedro. Posteriormente, la labor de evangelización se extiende a otras
poblaciones con la creación de varias otras parroquias (Ibíd).
En todas las
parroquias los jesuitas vigorizaron la predicación e instrucción catequística y
la celebración de los sacramentos — “incentivaron las procesiones, dieron el
esplendor a las fiestas del calendario católico y fueron embelleciendo las
iglesias con vasos sagrados, candeleros, ornamentos litúrgicos, pintura e
instrumentos musicales en beneficio de la evangelización” (Tavel Torres, 2002:
V), además de ciertos lienzos con los que pretendieron entretener a los indios.
Los jesuitas realizaron muchas e intensas actividades a favor de la evangelización
o “extirpación de idolatrías”, y un pasaje histórico relata que el P. Diego de
Torres, sabedor de la existencia de grandes peñascos sagrados, wak’as o adoratorios de los indios,
llegó hasta la distante región de Charazani (al noroccidente de la ciudad de La
Paz), con el propósito de “obligar a colocar cruces sobre las peñas” para que
los indios adorasen al dios cristiano. En el acto, cinco hechiceros fueron
obligados a pedir perdón públicamente por haberlos engañado con sus mentiras
(Barrasa, 1674: 975, citado por Tavel Torres, 2002).
Los jesuitas se
mostraron hábiles y perspicaces indagadores para descubrir ídolos y ritos, y
hacían especiales esfuerzos para desautorizar a los “hechiceros” que resistían
la doctrina cristiana. La evangelización iniciada en Juli no fue casual,
obedeció fundamentalmente a que la provincia de Chucuyto era considerada como
uno de los centros de la idolatría y hechicería (MP III: 113-115). La posesión
en Juli para los siervos de Dios significó “el descubrimiento de una
perniciosísima secta de idolatrías” donde algunos viejos venerados eran los
únicos “doctores y oráculos de verdad” (Andrade, 1667:845 N). “La
cristianización de los aymaras —como ya se sostenía en aquellos años— implicó
la extirpación de la idolatría pública y privada: destrucción de santuarios e
ídolos, demostración y, principalmente, persuasión a los naturales de la
falsedad de sus dioses y lucha radical contra los hechiceros” (ibíd).
Ante la
resistencia de los nativos a la evangelización, los jesuitas “fundaron la
Cofradía de Nuestra Señora con la finalidad de que sus miembros persigan a los
idólatras y borrachos”. También crearon “una escuela para los hijos de los
caciques principales y ricos; los niños aprendían un poco de lectura y la
escritura, poniéndo el énfasis en la “formación cristiana a través del
aprendizaje de los catecismos breve y largo” (Borges, 1957: 59, citado por
Tavel). Los muchachos formados en esta escuela debían contribuir a la
conversión religiosa de sus padres y a la evangelización de la población toda,
tenían la misión de perseguir a los hechiceros borrachos y deshonestos y,
finalmente, terminaban siendo instructores de la doctrina cristiana en sus
respectivas parroquias.
Aún así, en la
labor de evangelización a los naturales, los jesuitas confrontaron serios
problemas. Tal como señala F. Layme:
Achachilanakasan achachilanakap jan kuns katulik yusapat
yatiqxipana, tata kuranakax arsüwinakapat yatichañatakix nayraqatax latin
aruta, ukatx kastillan arut yatichañ qalltawayapxatayna. Ispañat puris
qamanuqxasaxa, tata kuranakax kuna aka uraqin arupat liwr qillqañanaks latin ar
tuqit ukats kastillan arjam qillqt’apxiritayna; ukat mä suxta maratx ukx
amuyasxapxarakitaynawa. Kastillanut aymaranakar inak yatichañ yanasax, jan
yatiqayañ yatxasaxa, tata kuranakax mä jach’a aruskipasiwiruw taqi tuqit Lima
markar purintapxatayna. Ukatw, uraqisan pachp arunakapat katulik yusat yatichañ
taqis 1583n maran amtawayapxatayna. Ukat tata Toribio de Mogrovejo, José de
Acosta, Alonso de Barzama, ukat waljaniw wal ukx p’iqt’awayapxatapa (1984: 63)[1].
Está clarísimo, la evangelización en latín primero y luego en
castellano a los “rudos” —calificados también como “bárbaros”, “mal
habituados”, “llenos de espinos y abrojos sus corazones”, “de poca capacidad”,
“ratero[s] y [de] corto entendimiento”; sus creencias son “errores”; su
religión, “supersticiones”; sus líderes espirituales, “hechiceros”— había sido
todo un fracaso, aunque la evangelización se hacía a punta de garrotes a los
nativos, tal como testimonian los dibujos de Waman Poma. Ante estas
dificultades, los curas crearon centros de estudio y aprendizaje de la lengua
aymara, como veremos en lo que sigue.
Seminario de lenguas
La Compañía de
Jesús creó el Seminario de Lenguas en Juli, donde, los misioneros aprendían
principalmente la lengua aymara de los textos escritos por algunos de los
padres, entre otros probablemente: Andrés López, Blas Valera, y Alonso de
Barzana. El Seminario mereció todo clase de apoyo y promoción de los
provinciales. Hubo instrucciones precisas a las instancias operativas, como la
que sigue:
Los que de nuevo vinieren a la doctrina tendrán exercisios de la
lengua, y para esto les señalará el P. Rector maestros que sean a gusto de cada
uno, y sabidos los preceptos de la Gramática, se exercitarán en la Gramática y
en algunas composiciones y en recitarlas y en predicar en el refertorio; iten
enseñando las oraciones y catecismo a los indios y administrando los
Sacramentos del bautismo, matrimonio, extremaunción, y hablando la lengua entre
sí y con los indios, y todos procuren con cuidado, perfeccionarse en esto,
cuanto les posible (MPIV: 62, en Tavel Torres, 2002: ix).
Bertonio, junto
a otros misioneros jesuitas, aprendió el aymara en el Seminario de Lenguas de
Juli, en la necesidad de hablar con soltura y elegancia la lengua aymara. Sostiene
con firmeza que ‘el pastor de almas está obligado a saber bien y usar
correctamente la lengua de los aymaras por su responsabilidad de enseñar la
verdad evangélica y administrar los sacramentos. El manejo no adecuado de la
lengua de los indios conlleva el peligro de enseñar doctrina falsa y errónea en
lugar de la católica y verdadera’. También expresa la necesidad de una sólida
formación, y por tal razón estudia materias relacionadas con su actividad
misionera y pastoral, en particular la Teología Moral (MP V: 141 – 162). Ante
las dificultades con que tropiezan los misioneros, Bertonio expresa que los
misioneros deben poseer una espiritualidad sólida porque “el ministerio de los
indios es muy abyecto[?] a la
vista de los no indios de este país, por lo tanto no es apreciado por la gente:
ya puede uno ser cuanto se quiera eminente predicador: ni los españoles lo
estiman, ni los indios lo alaban, por ser todos de tosco intelecto” (Isla,
1986: 67 sgts).
BERTONIO Y SUS OBRAS
Bertonio,
aprovechando su tiempo libre, se consagra en el trabajo y estudio de la lengua
aymara; para ello utilizó los trabajos escritos por algunos jesuitas versados
en la lengua aymara y los textos producidos por los aymaras en la escuela de
Juli, cuya muestra temática fueron “los principales misterios de la vida
Christo, grande copia de los ejemplos, y vida de Santos, Muchos fenómenos de
diversas materias, varias comparaciones tocantes a vicios, y virtudes, Algunos
tratados de la Misa, de la Confesión, y Comunión, de la vana superstición de la
Idolatría, y de otras muchas cosas”, todas éstas consideradas como las sagradas
materias. A su vez, el corpus lingüístico estuvo incluía también “algunos
libros de romance” (1612ª I: A4 v). De esta manera, Bertonio se enfrascó en un
trabajo lexicográfico; empezó registrando palabras y analizando sus
significados. El logro de este esfuerzo es precisamente el Vocabulario de la Lengua Aymara que en su momento constituyó la
base lingüística y el fundamento conceptual de las diferentes obras de
Bertonio.
Entre las
diferentes obras de Bertonio se conoce: el Arte
de la Lengua Aymara, la Gramática muy
copiosa, Arte breve de la Lengua
Aymara, La Silva de phrases, el Confesionario muy copioso, la Vida y milagros de Nuestro Señor Jesucristo
o la Vita Christi. A continuación se caracterizan brevemente cada una de
las obras mencionadas.
Vocabvlario dela lengva aymara, 1612 (Vocabulario de
la Lengua Aymara)
“El Vocabvlario
dela Lengva Aymara, primera parte, donde por abecedarioƒe ponen en primer lugar los Vocablos dela Lengva Eƒpañola para buƒcar los que les correƒponden
enla lengua Aymara. Compuesto por el P Lvdovico Bertonio Italiano dela Compañía
de Ieƒus enla Provincia del Pirv, delas Indias Occidentales, Natural de la Roca
Contrada dela Marca de Ancona. Dedicado al illvstrissimo y Reverendiƒsimo Señor Don Fray Domingo Valderrama
Centeno Maeƒtro en ƒancta Theologia, Arçobiƒpo, y primer Obiƒpo dela Paz, del Conƒejo
de ƒu Mageƒtad. Impreƒƒo en la caƒa dela Compañía de Ieƒus de Iuli Pueblo enla Prouincia de
Chucuyto. Por Franciƒco del Canto.
1612” (Título de la Portada, 1612, edición facsimilar, 1984).
El Vocabulario de la Lengua Aymara en su parte
aprobatoria señala como “una obra muy necesaria, así por las muchas naciones
que se doctrinan por medio de esta lengua fechada en Lima, el 30 de agosto
de 1610” (Francisco Contreras, por “comisión de su v. excelencia”).
Por su parte, el padre Provincial Juan Sebastián en sus partes salientes señala
que “en el arte con brevedad y buen orden se contienen todos los preceptos
necesarios para hablar bien y en el vocabulario gran propiedad y copia de
vocablos acomodados a la lengua española y modo nuestro de hablar y en las
frases muchos modos de decir acomodados a lo espiritual para la declaración
de los misterios de nuestra santa fe de que tenía falta esta lengua…” (Juan
Sebastián, P. Provincial, 1612). El Vocabulario
de la Lengua Aymara estaba dirigido principalmente “a los sacerdotes y
curas de la nación aymara […] con el buen deseo, que vuestras mercedes tienen
de saber hablar congruamente [sic] a los indios de sus doctrinas: para quitar
de sus entendimientos las tinieblas de ignorancia en las cosas de su salvación,
y enseñarles los misterios de nuestra católica religión…” La precedente cita
muestra las intenciones de Bertonio: la búsqueda y acopio de vocablos, frases
y modos de hablar considerados como necesarios en el adoctrinamiento en “la
soberana doctrina” encaminada supuestamente a la salvación de las almas y
a “gloria de Nuestro Señor Jesucristo” — con ello se pretendía que los misioneros
fueran “idóneos ministros en su sagrado evangelio”, señala el propio Bertonio.
El Vocabulario de la Lengua Aymara consigna
también algunas anotaciones a manera
de indicaciones para aprovechar y ‘hablar con propiedad esta lengua’. En la
anotación I, Bertonio señala la necesidad de escribir con propiedad según los
modos de pronunciación de los fonemas muy distintos a los que tiene las lenguas
romances, en virtud de que cada lengua tiene su particular modo de
pronunciación de sus fonemas. En este sentido, Bertonio establece el alfabeto y
ortografía aymara “para que se acierte a distinguir sus vocablos y a
pronunciarlos”. Xavier Albó asegura que “el sistema [alfabético] diseñado por
Bertonio tiene muchos logros más que los de algunos escritores contemporáneos”
(1984: XLVI sgts). Mas, en verdad, donde Bertonio se pierde es en la distinción
de los fonemas oclusivos velares y post velares, lo mismo que en el fricativo;
y como consecuencia de esa confusión fonológica no pudo contrastar las vocales
abiertas con las vocales cerradas. En el uso de las grafías, Bertonio optó por
utilizar las letras del castellano en forma duplicada o acompañándolas con otras
que faciliten la pronunciación. Es de resaltar que la escritura utilizada por
Bertonio nos da hoy ciertas pautas para la reconstrucción morfofonémica y el
uso de alófonos [cada una de
las variantes que se dan en la pronunciación de un mismo fonema, según la
posición de este en la palabra o sílaba, según el carácter de los fonemas
vecinos, etc.; p. ej., la b oclusiva de tumbo y la fricativa de tubo
son alófonos del fonema /b/; DRAE]. Junto a
esto cabe puntualizar el adecuado manejo por parte de Bertonio de los préstamos
de los vocablos del castellano al aymara.
La anotación II
hace referencia a la riqueza de los vocablos existentes en la lengua aymara,
con la distinción de lo humano y no-humano y otras características semánticas.
Así por ejemplo, Bertonio hace una descripción de los verbos de “llevar”
indicando sus especificidades por la forma, por la consistencia, el tamaño,
objeto inerte o vivo, y señala también la variedad de los términos de
parentesco. Estas indicaciones previenen al lector acerca de las dificultades y
sesgos que pudieran darse en su significación en la comunicación de los
misioneros con los naturales, haciendo énfasis particularmente en las
variaciones regionales. En esta anotación Bertonio confiesa que en muchos casos
no pudo encontrar las correspondientes equivalencias con los vocablos de la
lengua castellana.
En la anotación III
Bertonio señala los sinónimos o vocablos aymaras para decir la misma cosa.
Advierte también la riqueza metafórica existente en esta lengua; en sus
ilustraciones menciona una serie de ejemplos destinados a facilitar la
comprensión en la comunicación; e insiste en el adecuado manejo y uso de esta
lengua en procura de la salvación de los indios. Recomienda complementar el
estudio con el Arte Breve para saber
declinar y poder conjugar, para luego continuar con la construcción de las
oraciones, tomando los vocablos y los modos de hablar con que uno se va topando en la comunicación cotidiana. Asimismo puntualiza
la necesidad de continuar con el estudio del Arte Grande para poder construir
“cosas más dificultosas como son los sermones, ejemplos y otras cosas” y la
necesidad de ejercitarse en predicar los sermones, recomendándoles a los
aprendices de la lengua aymara advertir el peligro que acarrea por ejemplo el
empleo de neologismos y barbarismos que desvirtuarían las predicaciones.
Otra de las
anotaciones está destinada al esclarecimiento de los verbos relativos a ‘llevar’
y de movimiento, y advierte la variación o mutación de los significados cuando
estos verbos entran en combinación con los sufijos (en la terminología de
Bertonio “partículas”). Hace un inventario de treinta y ocho verbos de ‘llevar’.
Al respecto, personalmente he encontrado cerca de un centenar de verbos de
llevar y más de cincuenta mil combinaciones con sus respectivas significaciones
(Z. Alavi, 1999). Otro trabajo de mi autoría sobre los verbos de ‘sawuña’ [tejer,
urdir] de cuenta de todo un arsenal de este campo léxico, lo que constituye un
verdadero emporio léxico-semántico.
El cuerpo mismo
del Vocabulario de la Lengua Aymara consta
de dos partes: la primera consigna los vocablos de la lengua castellana, donde
se señala la búsqueda de los vocablos que corresponden en la lengua aymara.
Bertonio expresa cierto temor en el uso del vocabulario por ciertas
dificultades en la comprensión de los lexemas que presentan elisiones [supresiones]
vocálicas, característica inherente a la lengua aymara. Esta primera parte del
Vocabulario concluye “dando gloria a nuestro Señor Iesus Christo y su Santísima
Madre Siempre Virgen, y Siempre Inmaculata María Señora Nuestra” (p. 474).
La segunda parte
del Vocabulario está configurada con
las entradas del léxico aymara ordenadas por orden alfabético, aunque este
ordenamiento no es riguroso. Bertonio hace hincapié en la pronunciación y en la
escritura de los vocablos aymaras. Señala el orden alfabético de las letras y
las sílabas con que comienza esta segunda parte: A, Ca, CCa, Ka, Co, Cco, Ko,
Cu, Ccu, Ku, Cha, Che, Cche, Chi, Cchi, Cho, Ccho, Chu, Cchu, Chhu, E, Ha, He,
Hi, Ho, Hu, Hua, I La, Le, Li, Lo, Lu,, Ma, Me, Mi, Mo, Mu, Na, Ne, Ni, No, Nu,
ña, ñe, ñi, ño, ñu, O, Pa, Pha, Ppa, Pe, Phe, Ppe, Pi, Phi, Ppi, Po, Pho, Ppo,
Pu, Phu, Ppu, Que, Qhue, Ke, Qui, Cuy, Ki, Sa, Se, Si, So, su, Ta, Tha, Tta,
Te, The, Tte, Ti, Thi, Tti, To, Tho, Tto, Tu, Thu, Ttu, V, Ve, Vi, Vo, Vu, Ya,
YE, Yi, To, Yu. No cabe duda, para uno no familiarizado en este alfabeto, que éste
resulta bastante complicado en su legibilidad. Para concluir las
características de la segunda parte del Vocabulario,
digamos que Bertonio hace algunas puntualizaciones en el modo cómo debe ser
usado en la búsqueda de los términos de la lengua aymara respecto de la primera
parte correspondiente al castellano. Finalmente, como en la primera parte,
termina con alabanzas varias “al Señor y a la Virgen Inmaculada María, Nuestra
Señora”.
Actualidad y caída de vocablos en el Vocabulario de la
Lengua Aymara
Determinar la
actualidad y/o caída en desuso de los términos consignados en el Vocabulario de la Lengua Aymara de L.
Bertonio se hace bastante difícil hacerlo con plena precisión. Sin embargo,
hemos tratado de aproximarnos a la vigencia o no de los vocablos desde el siglo
XVII hasta nuestros días. Para este efecto se tomó una muestra de la segunda
página de cada uno de los fonemas vertidos al “alfabeto único de la lengua
aymara” que hoy rige en Bolivia y en otras regiones aymaras de la América
Andina. Para este fin se tomó el número de entradas, el porcentaje de vigencia,
en consulta a connotados aymarahablantes, número de páginas y su porcentaje en
relación a la extensión que también implica la cantidad de vocablos, como
podemos observar en el siguiente cuadro demostrativo.
|
Orden Alfabético |
Nº. Entradas |
Vigencia f % |
Nº. Pág. f
% |
||
|
/a/ |
25 |
10 |
40 |
28 |
7.00 |
|
/ch/ |
36 |
8 |
22 |
18 |
4.40 |
|
/chh/ |
36 |
9 |
25 |
4 |
0.99 |
|
/ch'/ |
40 |
16 |
40 |
16 |
3.96 |
|
/i/ |
31 |
10 |
32 |
15 |
3.71 |
|
/j/ |
40 |
17 |
42 |
50 |
12.37 |
|
/k/ |
42 |
13 |
31 |
12 |
2.97 |
|
/kh/ |
30 |
13 |
43 |
7 |
1.73 |
|
/k'/ |
45 |
15 |
33 |
8 |
1.98 |
|
/l/ |
29 |
7 |
24 |
15 |
3.71 |
|
/ll/ |
38 |
16 |
42 |
12 |
2.97 |
|
/m/ |
41 |
18 |
44 |
20 |
4.95 |
|
/n/ |
40 |
18 |
45 |
6 |
1.48 |
|
/ñ/ |
32 |
14 |
44 |
4 |
0.99 |
|
/p/ |
17 |
15 |
89 |
22 |
5.45 |
|
/ph/ |
29 |
7 |
25 |
16 |
3.96 |
|
/p'/ |
28 |
10 |
36 |
6 |
1.48 |
|
/q/ |
45 |
18 |
40 |
16 |
3.96 |
|
/qh/ |
48 |
26 |
42 |
7 |
1.73 |
|
/q'/ |
46 |
31 |
52 |
8 |
2.00 |
|
/r/ |
|
|
|
|
|
|
/s/ |
30 |
8 |
27 |
29 |
7.18 |
|
/t/ |
31 |
17 |
55 |
19 |
5.00 |
|
/th/ |
32 |
16 |
50 |
10 |
2.47 |
|
/t'/ |
30 |
17 |
57 |
9 |
2.23 |
|
/u/ |
33 |
10 |
30 |
14 |
2.46 |
|
/w/ |
41 |
9 |
22 |
24 |
6.00 |
|
/y/ |
27 |
8 |
30 |
9 |
2.23 |
|
total |
942 |
376 |
40 |
404 |
99.88 |
Nota: El fonema vibrante simple /r/ y el
fonema fricativo postvelar /x/ no ocurren en posición inicial, razón por la
cual no aparecen en el cuadro precedente, su ocurrencia sólo se da en posición
medial y final de palabra.
Según el cuadro
precedente, se establece un rango de 17 a 48 entradas léxicas, aunque el rango
menor de 17 es único, pero éste está demostrando también la riqueza semántica
de sus lexemas. Como se ve, el rango real es más bien 25 el inferior y 48 el
máximo. En cuanto a la actualidad de los lexemas, según estos datos sólo los
fonemas /p/, /t’/, /t/ y /q’/ serían con vigencia por encima del 50%. La gran
mayoría se encuentra por debajo del 50% con un promedio de 40 entradas y un 60%
que habrían perdido su vigencia, y aquí vendría muy bien el término de rescate
lexical. Mas estos datos de ninguna manera se pueden considerar como absolutos,
ya que es importantísimo el abordaje de la variación regional del dialecto
lupaqa [a partir de la cual principalmente trabaja Bertonio] respecto al
dialecto del altiplano central de la región andina. Este tipo de estudios es
todavía inexistente. Otro estudio imperativo es establecer una comparación
diacrónica y sincrónica que podría arrojar otros datos sobre esta realidad. La
extensión de los vocablos en cada fonema resulta indicativa y ciertamente
muestra una desproporcionalidad léxica. Volveremos al Vocabulario en la parte final de esta presentación.
El confessionario (Confesionario)
“El Confessionario
mvy copioso en dos lengvas, Aymara y eƒpañola con una instrucción a cerca delos ƒiete Sacramentos de la Sancta Igleƒia, y otras varias coƒas,
como puede verƒe por la tabla del
meƒmo libro, por el P. Lvdovico Bertonio
Italiano dela Compañía de Ieƒus enla Provincia del Pirv, Natural de la Roca
Contrada dela Marca de Ancona. Dedicado al Ioan Provincial dela mƒema Compañía y Prouincia. Impreƒƒo en la caƒa dela Compañía de Ieƒus
de Iuli enla Prouincia de Chucuyto. Por Franciƒco del Canto. 1612” (Leyenda de la Portada, 1612, edición facsimilar,
2003).
Esta obra se
considera como la más importante y seguramente fue la más usada por los curas.
Las instrucciones acerca de los siete sacramentos están elaboradas con preguntas
y respuestas en aymara; así el ‘catecismo breve para los rudos’, la ‘forma de
administrar los viáticos a los enfermos’, el ‘modo para desposar y velar por
los que se casan’. Este mismo contenido también está en castellano en páginas
alternas.
Hasta hace un
año atrás, el Confesionario era el
libro más inaccesible y raro; su existencia se reducía sólo a cuatro ejemplares.
El primero se encuentra en la John Carter Brown Library, Estados Unidos; el
segundo forma parte de la colección del British Museum Library, en Londres; el
tercero se encuentra en el Fondo Barberini de la Biblioteca Apostólica del
Vaticano en Roma; y el cuarto pertenece a la Biblioteca de A. Postnansky en
Bolivia (Rivet, 1951 I: 55). Hoy felizmente tenemos el privilegio de contar con
una nueva edición facsimilar realizada en 2003 por Iván Tavel Torres.
El confesionario
tiene dos partes. La primera es una especie de manual para los curas y está
escrita en aymara y español alternadamente; contiene también preguntas para
confesar a los indios, y el ‘modo de ayudar a bien morir’; ofrece un texto
titulado Advertencia referido a las
supersticiones; luego se consigna el Rosario
de Nuestro Señor Jesucristo, los misterios del Rosario, la oración para
antes y después de la confesión, la ‘oración muy devota a las cinco llagas de
Nuestro Señor Jesucristo’, y finalmente, la ‘oración para cuando tocan las Ave
Marías’ y la Oración, todo en aymara (cf. Tavel Torres, op. cit.).
El contenido de
la segunda parte tiene que ver con ejemplos sobre el Purgatorio, el Infierno,
la Confesión, la Comunión, la Misa, la ‘pasión y la bondad de Nuestro Señor’,
la Virgen Nuestra Señora, la Caridad con los enemigos, las Tentaciones, la
Muerte, el Juicio particular, los Ángeles, las Hechiceras, los Borrachos, la
Paciencia, la Gloria, y, el rol del fiel cristiano. Todo en lengua aymara (ibíd).
En Advertencias Bertonio ofrece datos de
interés sociocultural y/o socioreligioso, como rituales de siembra y de
cosecha, ritos a los espíritus protectores encarnados en los achachilas. Llama la atención los
topónimos, entre otros por ejemplo “Anu anuni”, ‘la montaña de los perros’; en
otros están implícitos interesantes procesos de sustitución toponímica con
nombres del santorales católico, llegando a convertirse en hagiotopónimos. En
suma, esta sección ofrece importante material de estudio en diferentes
disciplinas.